jueves, 24 de julio de 2008

Del deseo, el amor, la libertad y la demanda.

“Y el corazón me suplicó
que te buscara y que le diera tu querer...
Me lo pedía el corazón
y entonces te busqué
creyéndote mi salvación...”
Como dos extraños
José María Contursi


Luz, ¡que problema!, demanda de amor. Tengo que disentir, se sostiene la disputa... Pero este espacio es para eso ¿no?
Para ilustrar esto, busque en la poesía del tango, por lo que tiene de arrabalero, de bajo fondo, de descarnado, de terreno, de elemental. Amor de tango que resiste el romanticismo para enredarse en el fango, hoy diríamos en los “Under”. (Por eso me gusta el tango, porque se arrastra…)
Tomé algunos versos de “Como dos extraños”, los que están arriba. Un corazón que desea qua alguien lo quiera creyéndolo su salvación.
Este es el problema con el amor y la demanda, demanda que es demanda de otro, demanda que es demanda de amor de otro (las “o” con mayúsculas o minúsculas podrían ser intercambiables). Es la demanda que me ata porque si el otro no se da estoy condenado, el objeto nunca me pertenecerá pero además es demanda que ata al otro porque lo hago responsable de mi salvación. Amor signado por lo materno, amor dependiente y condenante.
La demanda es siempre demanda al otro (sugiero ver en el diccionario del CD el concepto de demanda). Pero ¿Qué otro puede satisfacer el deseo? ¿A que otro puedo imponerle semejante destino? ¿Cómo puedo atar mi deseo a otro atándolo? Me condeno y lo condeno. Porque el otro no puede o no quiere siempre estar. Porque para el otro yo tampoco puedo garantizar perpetuidad. Ni para mi puedo.
El deseo es deseo de otra cosa, no puede ser de otro y esa otra cosa es el objeto…., si, ese objeto que no me atrevo a nombrar. Viéndolo así el deseo me libera de la dependencia del otro y lo libera a él.
Somos sujetos deseantes que nos encontramos, nos enredamos, nos pegoteamos, nos separamos, nos abusamos, nos pisoteamos, nos encantamos, nos amamos. Pero no nos buscamos. Nuestra búsqueda es otra es la búsqueda signada por la castración, la falta, la muerte. Nadie puede completar esa falta, esperar de alguien semejante destino es aniquilarlo y desertar de la búsqueda.
Por eso creo que en el espacio analítico no puede haber lugar para la demanda y menos para la demanda de amor. Seria traicionar al buscador que cree necesitarnos cuando en realidad necesita “des-cubrirse”, reconocer la falta y su responsabilidad ante ella, sus elecciones ante ella, sus ajustes y desajustes ante ella, pero sobre todo la angustia de la insatisfacción crónica que nunca podrá ser colmada pero que me mantiene vivo, estar deseante es estar vivo, reconocer el deseo y la falta es ponerse en marcha. En la demanda solo queda esperar, ¿Esperar de quién? ¿Del analista? Pues del analista no provendrá nada, el analista no se entrega ni entrega objetos para el goce del analizando. Esto sería traicionarlo, engañarlo. El analista solo puede estar ahí, palpitante, tenso (no tensionado), sosteniendo ese incómodo lugar de la no respuesta, porque la no respuesta posibilita la respuesta del único que la tiene, el sujeto que está allí, trabajando, tensionado (no tenso), soportando la angustia de la sinrazón que impone la asociación libre, desestructurándose, perplejo en el instante del señalamiento, sin respuestas a su propio discurso.
No hay lugar para el amor en el diván.
Ahora, saliéndonos del espacio analítico, podríamos preguntarnos si hay lugar para el amor en el amor. Si hay lugar para la demanda en el amor. Lo que sigue ya corre por mi propia cuenta. Creo que en el amor y me refiero concretamente al amor de pareja no hay lugar para la demanda pero si para el amor. Amor despojado de demanda. Nos encontramos pero no para demandarnos, nos encontramos para amarnos. El otro nunca - y es un verdadero nunca - podrá satisfacer nuestro deseo ni nosotros somos lo suficientemente omnipotentes para satisfacer su deseo. El amor así planteado es un lugar de desencuentros compartidos: no te encuentro, no me encuentras, porque no te busco y no me buscas, pero nos compartimos y eso no es poco y eso no es para siempre; es por un tiempo, aunque ese tiempo sea toda la vida.
No necesitamos sostener nuestras angustias pero si necesitamos compartirlas, descansarlas, significarlas.
Por eso cierro con otro tango un tango ya de otra época donde el amor es locura no razón, y quizás la locura es el único lugar para el amor.


Balada para un loco
1969
Música: Astor Piazzolla
Letra: Horacio Ferrer

Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en mi... Cuando, de repente, de atrás de ese árbol, se aparece él. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Ja, ja! Parece que sólo yo lo veo. Porque él pasa entre la gente, y los maniquíes le guiñan; los semáforos le dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina le tiran azahares. Y así, medio bailando y medio volando, se saca el melón, me saluda, me regala una banderita, y me dice...

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...
No ves que va la luna rodando por Callao;
que un corso de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor... ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;
y a vos te vi tan triste... ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!...
el loco berretín que tengo para vos:

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sábana vendré
con un poema y un trombón
a desvelarte el corazón.

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Como un acróbata demente saltaré,
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad...
¡Ya vas a ver!

Y, así diciendo, El loco me convida
A andar en su ilusión super-sport,
y vamos a correr por las cornisas
¡con una golondrina en el motor!

De Vieytes nos aplauden: "¡Viva! ¡Viva!",
los locos que inventaron el Amor;
y un ángel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.

Nos sale a saludar la gente linda...
Y El loco, loco mío, ¡qué sé yo!,
provoca campanarios con su risa,
y al fin, me mira, y canta a media voz:

Quereme así, piantao, piantao, piantao...
Trepáte a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!
¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!

Quereme así, piantao, piantao, piantao...
Abrite los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir...
¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará!

¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
¡Loco él y loca yo!
¡Locos! ¡Locos! ¡Locos!
¡Loco él y loca yo!



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